Hace poco reflexionaba sobre la expresión “ir templado”. Muchos de mis amigos la utilizan constantemente. Incluso en su grado superlativo: “Ir templadísimo”. Y me hace muchísima gracia, no puedo evitarlo. La extrema neutralidad, el centro en grado sumo, equilibrio tan estable que aviva un coflicto inevitable.

Hay momentos en la vida que todo ocurre a una velocidad inasumible. Como si los días fueran galgos en todas las direcciones.

El año 2020 nos ha dejado una sensación extraña, como esos cines abandonados en cuyas puertas aún cuelgan carteles de películas gloriosas. Hemos entendido nuestra dimensión por fin, y cuando ya cabalgábamos a lomos de la realidad virtual, nos hemos remitido a cierta condición de insectos pisables e insignificantes. Y hemos rezado al año que entra como si fuera a salvarnos de nosotros mismos, como si fuera a traer un jarro de agua fresca cuando ya nos habíamos creído incapaces de tener mas sed.

Hundo mis botas baratas en la nieve mientras agonizan todas las tiendas y bares a los que el invierno se les está haciendo demasiado largo. Me quedo mirando el escaparate de una tienda de extintores. Es hermoso, con una tonalidad rojiza y destellos fluorescentes. No

Pienso en todos los galgos que han recorrido mis noches subiendo y bajando escaleras de orín y piedra. Pienso en las luces que centellean, cálidas, en la aleatoriedad de una fachada a lo lejos. Pienso en la palabra víspera. Es una buena época, para templarse.

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