No es fácil ser asertivo en estos tiempos, pero hay algo que tengo claro: hay que volver a escuchar los discos como antes. Y si es en vinilo, mejor. Razones hay para aburrir. Aun así, si tuviera que elegir una, tiraría de etimología. Por muchas vueltas que se le dé, y podría traer ahora la analogía evidente con la Grecia olímpica, un disco es (y debe ser), por definición, algo redondo

Ahora mismo, de hecho, acabo de volver a escuchar uno de mis favoritos y, más allá de la sensaciones evidentes (mi viaje de cuarenta y cinco minutos no me lo quita nadie), me apetece explicar por qué es importante escuchar discos, no solo canciones. 

Vamos allá. 

Supongo que, por la imagen que has visto, sabes ya que me estoy refiriendo al primer disco de Tom Waits. Se grabó en Hollywood en 1973, gracias a la producción del hoy malogrado Jerry Yester. En diez días. Y no: no tuvo mucho éxito en su momento, pero fue la presentación oficial de, a mi juicio, uno de los mejores compositores anglosajones del siglo XX. No hay más que ver lo que ha hecho desde entonces. El título, de todas formas, ya es una declaración de principios y resume a la perfección el contenido: Closing Time. ¿Recuerdas cuando encendían las luces de tu bar favorito y escuchabas aquello de Ya estamos cerrando

Pues eso. 

La primera canción es, supongo, la más conocida. Lo que tiene que los Eagles te hagan una versión a los pocos meses. El viaje comienza con Ol’ 55. Tom, como los héroes griegos que arrancan sus historias cíclicas con un regreso, nos invita a sentarnos en su viejo Cadillac de 1955 y escuchar su historia, a través el único viaje posible: el de vuelta. Cambia mar por autopista, barcos por coches y camiones e Ítaca por Los Ángeles, la ciudad de nuestro discóbolo peludo de voz rota y olor a whisky y cigarrillos que, décadas después, acabará experimentando, megáfono en mano, con su sonido predilecto: el crepitar del beicon en una freidora.

Está a punto de salir el sol y, empujados por la melodía del piano y el contrabajo, nos enteramos de que ha sido una noche compleja de mucho alcohol y una amante que deja atrás. Eso sí: si nos dejamos llevar por la música (un híbrido magnífico entre el folk y el jazz), quizá entendamos que hay un plano de significado mucho más profundo. Mucho más. 

Nos acomodamos en el asiento, pensamos en Kerouac, y, empujados por un estribillo perfecto y una subida tristísima de acordes en la coda final, fijamos la vista en una Luna extraña que suena a fa sostenido y si bemol menor, y que será la que nos conduzca hasta la siguiente canción: I hope that I won’t fall in love with you

One, two, three, four… Tríada de acordes dylanianos (do-fa-sol) y volvemos a la noche antes de la vuelta (suponemos). El lugar, como ya te puedes imaginar, es un bar. Juego de sillas, miradas cruzadas, muchas pintas de cerveza, bruma de cigarrillos y una historia de un tipo solitario en la barra y una chica de la que espera no enamorarse. Se ha quedado sola, pero it’s closing time. Hay que irse ya y, cuando se da la vuelta, la chica, evidentemente, desaparece.  

Seguimos con Virginia Avenue. Nos queda claro que el Harold’s Club está cerrando: todos a casa, y Tom no sabe qué hacer en una ciudad tan deprimente. Borracho y sin destino, camina las estrofas a golpe de fa menor y si bemol, pierde el último autobús, deambula por Columbus Avenue y busca algún sitio abierto, pero the bars are all closing. Y por primera vez una marcador temporal: it’s quarter to two. Las dos menos cuarto, vaya. Y entonces se escucha verso bastante shakespeariano: Sleep off all the crazy lizards inside of my brain. Nuestro héroe beatnik se quedará dormido con todas estas locas lagartijas en su cabeza.

Llegamos así a la cuarta canción: Old Shoes (& Picture Postcards). Se escucha ahora un tema clásico de tres acordes (sol, do y re) y una pequeña ayuda: Shep Cooke, además de tocar la guitarra acústica, aquí le hace los coros. Por mucho que se complique la noche, siempre habrá tiempo para un cántico grupal, ¿no? En este caso el mensaje está claro: So goodbye, so long, the road calls me, dear… La carretera lo llama y sabemos por qué: ya estuvimos en su Cadillac durante los primeros cuatro minutos, ¿no? Lo de los leitmotivs en este disco es una maravilla: no solo mueven (de ahí que se les llame motivos) la acción hacia delante; también hacia detrás. Las metáforas ebrias de un Tom Waits, que aquí parece la versión musical de Bukowski. Cambia vino por bourbon y el esquema es muy parecido al de Homero, por cierto. Los héroes griegos siempre pasaban por ese umbral. Lo importante es lo que viene después. Eso no falla: cansancio y sueño

Es el turno de Midnight Lullaby. La trompeta teatral de Delbert Bennett vuelve a sonar y Tom, que ahora es un especie de Frank Sinatra agotado y con la camisa del traje por fuera, canta los versos de una canción infantil inglesa, pero con trampa: el origen del primer verso (Sing a song of sixpence, pocket full of rye) está en Shakespeare. Eso lo que se le dice al payaso en el segundo acto de Noches de Reyes. Entonces, uno entiende mejor la escena que había escuchado en la segunda canción de este disco: if you sit down with this old clown, take that frown and break it. Si te sientas con un viejo payaso como él, está claro que lo de fruncir el ceño no tiene sentido: dale un puñado de centeno y que cante la tonadilla de los seis peniques para alegrar al personal. Y así termina esta fantasmagórica canción de cuna con una nueva ubicación: Stare out at the moon upon the windowsill, and dream… La Luna de antes, el sueño polisémico y, a falta de barra, un alféizar. 

Como en cualquier historia, llega el momento de poner nombres a los personajes. Martha no es solo un canción redonda, sino el cierre perfecto de la cara A. Una llamada telefónica en mi bemol y una letra que es, en sí, un poema. La noche envejece y, en este caso, refuerza la melancolía de este flâneur angelino. Todo iba bien, dice ahora, nos hicimos mayores y, con arreglo de cuerdas incluido para crear la atmósfera ideal, te recuerdo que echo de menos aquellos días of roses, of poetry and prose; vivíamos el presente, éramos felices, no te preocupes por el cobro revertido (yo pago la llamada), qué tal tu marido y tus hijos… y que sepas que aún sigo enamorado de ti. 

Momento de pequeña pausa: toca darle la vuelta al disco, destapar otra cerveza y escuchar la cara B. 

Suena Rosie. El lugar es el mismo (el alféizar) y la pérdida, parecida, pero con otro nombre. Todos están dormidos, except the moon and me. La Luna de antes, ahora bajo un indigo sky, es la única que escucha esa melodía de este sátiro urbanita desubicado que, blowing my horn, no sabe qué hacer; si pudiera volver atrás, habría tomado otras decisiones. El tiempo tiene dos sentidos, pero una sola dirección, amigo. En un momento de lucidez etílica, sabe que su rosa era ella y, aunque ya no sea posible y esté condenado a la soledad, al spleen y a la noche, I’ll love you, Rosie ’til the day I die. Hasta que te mueras, Romeo. Es lo que hay.  

La octava canción se titula, precisamente, Lonely. Y quizá sea la más cinematográfica. O, al menos, así la siento yo. Tom, ha pasado de ser una versión adulterada de Fran Sinatra, a un Humphrey Bogart que fuma para olvidar. Aquí, además, no solo cigarrillos. Si no recuerdo mal, cuando canta eso de Melanie Jane, won’t feel the pain, se está refiriendo a la marihuana, ¿no? Eso sí: que tenga nombre de mujer le viene como anillo al dedo. Musicalmente, aquí suena como Randy Newman alargando dramáticamente el sustain de los acordes. Solo le faltan las gafas, pero no hay mucho que ver; ahora parece estar tocando el piano, con los ojos cerrados, lonely lonely in your place. Así es: está en su casa. Ella no está, y da igual ya que se llame Rosie, Martha, Melanie o Julieta; el mensaje es el mismo: I still love you, I still love you… Y el resultado también: nadie lo escucha. 

En Icre Cream Man la melodía aguda y onírica del piano nos lleva a otro lugar. Hay que ponerse el sombrero y, al ritmo del carrito del vendedor de helados, declarar que I’m a one-man band. Ahora: con el juego de antes de Melanie, uno tiende a pensar que, cuando los bares cierran, hay ciertos vendedores nocturnos que se encargan de animar las fiestas con otro tipo de helados, ¿no? Y, curiosamente, escuchamos la segunda referencia temporal: I’ll be clickin’ by your house about two forty-five. En Virgina Avenue eran las dos menos cuarto. Aquí, llamará a la puerta casi una hora después: a las tres menos cuarto. Curioso: ¿los tres cuartos de hora que dura el disco?

No extraña, pues, que el décimo tema del disco sea Little Trip to Heaven (On the Wings of your Love). Vuelve a sonar la trompeta (siempre suena cuando la esperas) en la misma tonalidad de Lonely, por cierto. En este viaje celestial todo se mezcla. Más bien, se da la vuelta. Seguimos atrapados en la misma noche previa al regreso de Ol’ 55, salvo que ahora bajo una banana moon shining in the sky. Tom, que juega hábilmente con la polisemia de las estrellas y las constelaciones, sabe que su sitio está con ella, aunque ya no esté, porque all the other stars seem dim around you. Vamos, que todas las estrellas se apagan, menos ella, y el tema, musicalmente, se derrite y zhoo-be-doo-bop-bah-daah… 

La bola de humo ya, más que de tabaco, parece de incienso. Con un sonido de feligrés preparándose para el oficio (volvemos al acorde alegre de do mayor) y una Luna que ahora es de pomelo, llegamos a Grapefruit Moon. Sigue mandando el piano, el contrabajo y vuelven los arreglos de cuerda y los acordes menores que hacen que todo, siempre, sea más triste. Tom entiende que no se puede tener todo, pero hay algo claro: Grapefruit moon, one star shining, shining down on me. Sabe que su perdición, en el fondo, es su salvación. Sin la soledad y los desencuentros amorosos, no habría sido posible escribir ninguna de estas canciones. Y así se despide. Con la melodía oscura que, cada que vez que la escucha, something breaks inside. No es que entre y no salga, es que suena por dentro y algo se parte. No se me ocurre, ahora mismo, una metáfora más acertada para explicar en qué consiste la melancolía. 

Silencio. 

Llegamos al final del disco con la canción que le da título: Closing Time. Volvemos al piano y al tono grave de Little Trip to Heaven y Lonely: re bemol, para más señas. Ya está todo dicho, así que la voz debe dejar paso al instrumento clave de todo este disco: la trompeta de, en este caso, Tony Terran. Y así se baja el telón con las ultimísimas notas melancólicas del piano con el que empezó este viaje musical.

Otro silencio. 

Qué barbaridad. 

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