Ha llovido. 

Lo sé porque hay un azaroso olor a azufre en el ambiente. Y se descompone en vectores de tiempo la aceleración de las hojas en el suelo, azuzadas por este viento suave y momentáneo. Y la amenaza de cada día se cierne, inevitable, tras el cristal doble de mi apartamento.

Ha llovido. 

Lo advierte un cartel que centellea como si fuera un párpado automático muy al fondo de la noche. Se consumen las estaciones atravesadas por la esgrima de todo lo que no volverá jamás. Lo han dicho en las noticias, que ha llovido, y la lluvia ha caído como un manto de esperanza lejanísima que ha dejado el paisaje reducido casi a nivel de boceto.

Pero es que ha llovido. 

Ha llovido en aquel patio de manzana donde jugaba a la pelota cuando era pequeño. Siempre variaba la técnica de golpeo. Estaba convencidísimo de que un ojeador me estaba observando desde alguna ventana indiscreta y, atraído por mi exquisita técnica, me llevaría lejos. Al menos tan lejos como quedaba cualquier cosa de aquellos inviernos interminables. 

Ha llovido.

Sobre todo en aquella plaza donde los chicos más populares de mi nueva clase me obligaron a hacer mi primer y (afortunadamente) último grafiti. Ellos quedaban siempre allí para gestionar una ingobernable colección de frases vacías y lugares comunes. Ha llovido tanto en aquel recuerdo que cuando vuelvo a él, me posee una humedad insoportable y apenas puedo respirar. 

Ha llovido. 

También en el primer trastero que tuvieron mis padres. En él guardaban todas mis frustraciones como si existiera un incipiente proyecto de museo sobre todo lo que no iba a ser jamás en la vida. Llovió muchísimo. Tanto que ni siquiera la tabla de surf que me regalaron para la comunión pudo resistirlo. A menudo pienso en lo poco que me debía conocer quien me la regaló, pero era naranja fluorescente y me encantaba. Siempre obligaba a mis padres a llevarla en el maletero del Renault 11 por si acaso.

Ha llovido. 

Pero bajo mis zapatos queda un collage de charcos de profundidad cambiante. Algunos más pisados, otros menos. Unos con botas de agua, la mayoría con los pies descalzos de los años. A veces oigo voces que me llaman desde lo más profundo de cada recuerdo, y yo, presuroso, deshago la letanía con mis botas nuevas. Pero a veces vuelvo al centro de cada recuerdo y me descompongo en la primera noción de mi mismo. Y me observo desde allí, parezco cansado: ¿Qué te pasa? me pregunto desde la simetría equívoca de un reflejo ondulado y cyan ¿te dolió? ¿tan grande era? me quedo inmóvil y codificado y con un hilo de voz que reverbera, mágico, a lo largo de tantos años respondo:

perdóname, es sólo,

que ha llovido demasiado

desde entonces.

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