Las Rutas Desiertas

Diego Vasallo te pide que le sujetes la copa. Se ajusta la americana y se sacude la hojarasca de los pantalones pitillo pero tú no puedes evitar preguntarte qué tipo de gomina usa. Lleva el labio ensangrentado y su corazón lucha bajo una camiseta básica negra por permanecer dentro de su cuerpo. “La pelea debe haber sido por lo menos extraña” piensas mientras te cuestionas cómo acabaste aquí. Justo en ese momento Diego mira por la ventana del convoy (que desenfoca un paisaje árido y parpadeante) y esboza algo parecido a una sonrisa.

Empieza así este viaje hacia las rutas desiertas, con “Mi historia”, una canción que asoma por la colina con un tambor fronterizo y premonitorio. Un ejercicio de nihilismo: “Mi historia no tiene remite ni dirección” dice. Un trazo fuerte de lápiz de punta blanda. Una arruga de la que apenas sabes nada. No puedes evitar sentirte como un poso de café, una grieta amable que adorna la escena. Es una canción que no siempre evoca melancolía pero de ella tampoco se deduce una biografía sencilla. Si haces el mínimo común múltiplo de cada foto fija, te queda un punto (quizá un abismo) desde el que mirar al vacío del tiempo.

Observas cómo Diego se incorpora. Parece recomponerse a la vez que aumenta la velocidad del tren. Suena “Cargamento” el primer single del disco. Una canción de escuela dylaniana para disfrutar del hecho mismo de avanzar. De repente el mundo se corrige en tonos sepia y sientes el impulso inevitable de seguir quemando atardeceres como telones de otras vidas.

Se filtra un sol perpendicular al paisaje y te acurrucas como si una bóveda de tiempo se construyera (mágica) entorno a ti. Esgrime una de sus tradicionales letanías: “Mecha en la tormenta”. Una nana triste y trascendental en forma de inventario. Esta ecuación, tienes que admitirlo, no es fácil de resolver. “Aún quedan seises en los dados…” Es una frágil forma de optimismo. Un hálito titubeante como el cálido descenso de una pluma.

Pero espera, que parece que va a hablar. La cadencia vieja de la locomotora reconstruye un ritmo esperanzador y suena “Esta Noche No Se Parece a Ninguna”. Una canción que recoge la fórmula de Cargamento y la engrandece. Probablemente la canción que te guardarás en la mochila para cuando no te quede nada.

“…Dime si la maquinaria sigue funcionando
si aún hay tiempo de cambiar un par de piezas
si nuestros mañanas seguirán brillando
si habrá respuestas nuevas a las preguntas viejas.”

Llega el avituallamiento necesario en mitad del viaje. La velocidad disminuye y suena “Entre el olvido y el Perdón”. Una canción que se convierte en un ejercicio de pliegue y consciencia. Diego te explica lo que queda en cada intersticio. Es una reflexión honda, pormenorizada, que a veces empieza sirviéndose de figuras opuestas “entre el cielo y el suelo, entre el todo y la nada…” para dar paso a una ambigüedad espacial muchísimo más misteriosa “entre esperanza y anhelo, entre la corriente y el río…”. Es una canción que de primeras parece un ejercicio de antónimos pero paulatinamente va sumergiéndote en una dimensión de escala cambiante “entre un jarrón que se rompe y los restos de una demolición” y se cierra con una cita de las que empiezas a contemplar como posible epitafio:
“entre una herida y el cielo rojo,
no queda apenas nada.”

Entráis al bar de la estación, repleto de miradas perdidas y hombres de avanzada edad jugando una partida de dios-sabe-qué al fondo. Los ojos de todos vuelven de la nada hasta clavarse sobre Diego que, recostado sobre una silla ligerísima y metálica, comienza una nueva y extraña declamación “Érase una vez…”. Una colección de desencadenantes abstractos que se suceden sin cristalizar más que en la mezcla atmosférica de todos ellos.

Tenéis que seguir, algo que aún no identificas os está esperando. Comienza a sonar “Allí te esperaré”. Una de las canciones más hermosas que has escuchado nunca. Empiezas a intuir que el lugar al que os dirigís no está muy poblado. Se deslizan como versos una legión de no-lugares desde donde esperar el amor llegado el caso:

“allí donde los finales se terminan allí te esperaré
con el acelerador pisado hasta el fondo
los amaneceres envejecen pronto
las lonas del pasado cubren las piscinas
yo allí te esperaré

“El Río Baja Crecido” y una nueva velocidad de crucero transporta la escena. La octava canción del disco evoluciona como un torrente de guitarras fronterizas que alimentan de carbón las armónicas al fondo.
La progresiva inmersión en la zona boscosa del alma os lleva a la canción “Intemperie”, una tranquila y enigmática reflexión sobre el paisaje consumido hasta el momento. Te cuesta no romperte en mitad de este baño de calor y frío al escaso abrigo de una trompeta en segundo plano.

De nuevo un claro. Diego saca fotos de hace años en “No me niegues nada”. Piensas que, por increíble que parezca, también debe echar de menos aquel tiempo en que no todo era tan solemne.

El tren para al fin. No hay estación. Sólo caminos al fondo. Desdibujados cada uno a su modo. Miras a Diego sin entender nada. Su silueta enjuta se recorta como la bisectriz de todos los destinos posibles. Piensas si acaso dará la vuelta para agradecer tu compañía hasta encontrar “Las Rutas Desiertas”. Pero el cielo cae plomizo sobre su particular ejército de ausencias y además esto no es el estúpido diario de Noah.

“que a la fe le salgan alas, que quede siempre algún desvío
que el más infatigable desafío, sea dejar las cosas claras”.

Te congelas y vas notando cómo se desvanece todo a tu alrededor. La densidad del aire se vuelve óleo y sientes que cada una de las anécdotas, los kilómetros, los gestos, los acordes… se han desmaterializado al perder de vista al cantante.

Pero tú qué vas a saber, al fin y al cabo no eres más que una palabra, inercia.


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