Los recuerdos varían con el tiempo. Juraría que fue en Tromsø. Quizá no. ¿O sí? Sé que fue en el verano de 2000. Recuerdo que habíamos llegado a las islas Lofoten. ¿O eran las Vesterålen? El caso es que estaba al norte de Noruega. Yo estaba mareadísimo, la verdad. Demasiado barco para mí. Eso sí: mi objetivo estaba cumplido, ya que vi, como es debido, el Sol de medianoche. 

Por esa época, si no recuerdo mal, estaba descubriendo la música de los países nórdicos. La mayoría, de Islandia (Sigur Rós, algo de Björk y, más tarde, Ólafur Arnalds). De Suecia, más allá de los clásicos Abba o Roxette, poco sabía. José González todavía no había publicado nada. Kristian Matsson tampoco; The Tallest Man on Earth empezó más tarde. Mis referencias nórdicas (escasas) estaban más en el cine (Bergman) o en la poesía (Tranströmer), aunque lo literario lo asocié siempre más con Noruega: Ibsen, Hamsun y así. Tampoco mucho, pero media conversación te aguanto. Un par de cervezas. O un par de cuernos de hidromiel, si hiciera falta. No más. De Finlandia… Mika Waltari era de Helsinki, ¿no? De Dinamarca, que es adonde quería llegar, solo manejaba dos referencias. Luteranas, para más señas. Una existencialista, y que siempre me quedó grande: Kierkegaard. La otra, más popular y literaria, que sí controlo algo más: Hans Christian Andersen. De hecho, si mi infancia fuera un cuento, creo que encajaría perfectamente en El traje nuevo del emperador.

Supongo que os habrá pasado alguna vez: reconocer que desconoces por completo la música de un país es una sensación terrible. De ahí mi interés entonces por Dinamarca; había que suplir ese vacío nórdico, ¿no? Lo curioso es que, viendo los mapas descubrí que, encima de Reino Unido, había un archipiélago que no había visto en mi vida: las islas Feroe. Fue extraño descubrir que había tierras danesas no muy lejos de Islandia. El caso es que, diez años después, en la mítica tienda de Lavapiés, Bajo el volcán, compré al azar un vinilo de Teitur. Cuando vi de dónde era, me acordé de aquel viaje y de aquel mapa. ¡Feroe! De hecho, él fue el que me animó a investigar la música de allí. Desde Niels Midjord (el Woody Guthrie feroés) a Petur Polson (su Leonard Cohen) o el dúo Leadberry (los Simon & Garfunkel nórdicos), hasta Santley Samuelsen (el James Taylor feroés) o grupos de rock progresivo tipo Steso. Hasta me dio por escuchar un tiempo a Sunleif Rasmussen. Música culta experimental, para más señas. Aun así, de toda la música feroesa, me quedo con Teitur que, por cierto, se pronuncia algo así como táitor

Teitur Lassen es un músico interesante. Salió pronto de las islas y, en cuanto pudo, se fue a Estados Unidos, básicamente a componer canciones para otros y hacer música para películas. Y no fue hasta el año en que José González sacó su Crosses, cuando se estrenó con Poetry & Aeroplanes. Un disco con temazos como One and Only y, sobre todo, I Was Just Thinking. Supongo que haber sido telonero por aquel entonces de Suzanne Vega, John Mayer y Rufus Wainright hizo que se diera a conocer por allí y luego, en Reino Unido (donde vive), aunque tampoco era muy popular. O, al menos, yo no lo conocía. De hecho, no sé si es muy conocido hoy en día. Supongo que no. O sí. Quién sabe. Eso es lo de menos. Lo que me gusta de este curioso hombrecillo, que da la sensación de no haber roto un plato en su vida, es que vaya a su bola. Mucho. Te estrenas en Universal, ves que más o menos funciona, te encoges de hombros, sonríes y te montas con tu mánager tu propia discográfica: Arlo & Betty Recordings. Bien, ¿no? Y hace lo que quiere. Por ejemplo, sacar un álbum en feroés, Káta Hornið. Muy recomendable, por cierto. 

Yo lo conocí en 2013 por Story Music. El quinto o el sexto de Teitur. No sé. Podría mirarlo, pero tampoco es importante. Lo importante es que hoy, casi una década después, lo he vuelto a escuchar. Y sí: sigue funcionando igual de bien (para mí), desde la primera hasta la última canción.

El arranque del Story Music es fantástico. En Hopeful escuchas un goteo inquietante de teclas de piano en un mi eterno… y, al minuto, un arpa que dobla la melodía con actitud de fuga. Con una letra muy breve (la marca de la casa) y una composición aparentemente convencional, Teitur hace algo que me encanta, en la línea de gente como Ben Folds (pienso ahora en The Luckiest), y define su estilo bastante bien: el descontexto. (El equivalente en España, tal vez, sería Luis Prado. Bueno, más bien Señor mostaza). En su caso, y más en esta canción, donde uno espera un mensaje triste y melancólico, Teitur comparte una reflexión optimista y sabe que tú la entiendes, cause I know I’m not the only one. Siempre hay esperanza en la música. Tanto en lo que escuchas como en los silencios. Por eso, él también se siente hopeful when the music stops.

Y cuando la música para, llega If you wait. Si esperas, siempre pasa algo, ¿no? Quizá la más inquietante, y de mis favoritas. Teitur exprime hasta el infinito una letra mínima que cuenta exactamente lo que estás escuchando. ¡Viva lo meta! Y más aún: te obliga a esperar hasta que termine, no por incomodarte (que también), sino porque la propia canción te lo pide. Un crescendo maravilloso al final da paso a la escasa instrumentación que se va completando con un arreglo de cuerdas y voces fantásticas de un coro local, que es la gracia de este disco. La letra, decía, hace lo mismo: palabra a palabra, el mensaje se construye mientras lo escuchas. Visualmente, además, es un poema visual en forma de escalera. O triángulo, según. ¿Y si el músico te obliga a escuchar de otra forma? De ahí que if you wait a little longer than you normally would, la canción cambia y una guitarra acústica te empujará hacia un lugar asombroso que no esperabas, donde the most amazing things may appear... La orquesta se encargará de premiar tu paciencia.

¿Y ahora qué? Pues ahora escuchas una melodía de flautas dulces y un tema, Antonio and His Mobile Phones, que te propone un viaje distinto: una canción clásica que se burla de sí misma. Aquí se nos narra la historia de un tal Antonio que viaja mucho y está obsesionado con los teléfonos. (Se reproducen, medio en broma). Se deja ver por París, por Roma, por Río, por Montreal y, sobre todo, por Adís Abeba. Teitur nos comparte este cuento absurdo, esta vez con un banjo posado entre sus piernas, porque no one knows exactly what is going on, y con nuevos compañeros de cuerda que se cambian los papeles: los dedos tocan el pizzicato de un cello y el arco del cello es el que rasga, a lo Sigur Rós, las cuerdas de la guitarra eléctrica. Y llega el momento de hablar de Van Dyke Parks, que es el arreglista y productor de Story Music. El que fuera letrista y productor de The Beach Boys (y de mucha gente como The Byrds, Manhattan Transfer, Ringo Starr, U2…) le encantó la idea de participar en este disco y el resultado, como se escucha en esta canción, es magnífico. 

Un niebla de distorsión y arreglos de viento te dan la bienvenida a Rock and Roll Band, la cuarta propuesta de este relato musical. Empujado por un pedal steel (un instrumento country que nunca suena mal) y una marimba que añade un textura nueva, Teitur se centra ahora la creación una banda de rock, aunque, en vez de con una guitarra rítmica (lo que se esperaría), con el banjo de antes. La guitarra eléctrica distorsionada, a lo lejos, avanza mientras se nos habla del rock, que en el fondo es pop… en clave de folk. Y tiene sentido; son incapaces de escribir algo to save their lives. Eso sí, había algo que hacían muy bien: they could do a lot of drugs. ¿El motivo? Fácil: hay que ensayar un poquito más, colegas. La parodia se desintegra literalmente al final de la canción en la que, si uno la analiza con calma, entiende la importancia de trabajar a fondo algo para que salga bien.

Un zapateo bjorkiano y las palmas de un coro familiar nos conducen hacia el trabajo duro. En Hard Work llegamos al ecuador de este extraño y fascinante disco. La marimba de antes se mezcla aquí con las notas marcianas de un sintetizador y una guitarra con afinación abierta que, evidentemente, abre aún más la atmósfera musical. Mientras, los pies del coro golpean la tarima armónica y el palmeo reproduce el trabajo mecánico de nuestro día a día. Cuatro por cuatro con ritmo atresillado (que se note la influencia anglosajona) y Teitur se saca de la manga una oda irónica al only work you know. En contraste con los músicos de antes, ahora toca hablar del castigo bíblico en tierras protestantes, que deja cicatrices, pero que todos necesitamos; it’s gonna pay the rent. Pues eso: que el alquiler no se paga solo, y que un coro infantil te lo recuerde en un primer plano consigue un efecto muy curioso.

Recuerdo cuando di la vuelta al vinilo por primera vez y escuché el sexto tema, It’s not Funny Anymore. ¿Cómo? ¿Y esa orquesta? ¿Seis minutos? Teitur cambia de tercio y reflexiona sobre el concepto del tiempo en este fantástico viaje (y uno parece que esté ahora dentro de un musical), porque time goes by so fast, y ya es tarde para volver atrás; el tiempo en la música se repite, sí. Es momento de analizar la variable temporal, con una sorprendente y sencillísima armonía con los acordes de fa, si bemol y do. Todo es extraño y surreal, y uno empieza a entender la ironía del tiempo (We don’t live the moment until It’s gone), mientras los acordes viajan a una la y a un re menor, en su camino de vuelta al (siempre generoso) acorde de fa. Esta canción es una barbaridad (podría durar seiscientos minutos) y es, por cierto, donde más se luce Van Dyke Parks; los arreglos son increíbles. Aun así, el tema funciona igual de bien solo: el propio Teitur se grabó poco después un vídeo con un viejo piano vertical de madera con los macillos al aire, bajo la niebla y un frío del demonio en pleno agosto (él, en mangas de camisas), en una localización impresionante: un acantilado en Hoyvík, su ciudad natal. Ay, los fiordos.

Sigamos. 

El séptimo tema es Monday. Empieza el día, el trabajo duro y Teitur es capaz de despertar a su pueblo con una melodía de piano, doblada con un arpa (como en Hopeful), y un cuarteto de cuerda que sabe dar las notas donde las tiene que dar; Parks sabe dónde meter una trompa o un fagot y luego el sonido de un tabla de lavar y que la mezcla te suena natural. No es fácil, ojo. La idea, eso sí, está clara: esto es un homenaje a las islas Feroe para el resto del mundo: de ahí que cante en inglés, por si alguien se lo pregunta. Tanto es así que, en la grabación del disco, el amigo Lassen coló en los estudios a setenta personas autóctonas. De ahí que escuches voces de infinitas tesituras y edades. Ahí es nada. El collage vocálico, con spoken word incluido, juega con la noción del primer día de la semana con una letra inconexa (luego entiendes que no), donde unos niños encuentran la rueda de una bicicleta en un jardín, una mujer que afila cuchillos en una cocina y duda entre llevarse a la boca la taza de café o un pedazo de tarta y, por último, un surtidor de gasolina que no funciona. Y, siempre de fondo, el mantra semanal que nadie quiere escuchar: It’s Monday, It’s Monday, It’s Monday…

Una caja de ritmos tocada por Teitur nos empuja, sin avisar, hacia la octava pista: Indie girl. Con violines y el típico hardanger fiddle (el violín nórdico de nueve cuerdas típico del folk), los estilos se mezclan y volvemos al simulacro de antes y a reírnos un poco de eso que quedó en llamarse música indie, que ya de independiente tiene poco. Una veinteañera, felizmente emparejada, vive obsesionada con el tema e intenta convencer a sus vecinos mainstream de que en instead of Jon Bon Jovi, mejor escuchen a David Bowie. En el fondo, nadie sabe bien en qué consiste el género porque, como la banda de rock de antes, da igual: la música no entiende de etiquetas. Ni de poses. Ni de tiempos: este tema no llega ni a los dos minutos. Lo que importa es (parece decirnos) el trabajo que hay detrás. Y lo hay, sí. 

En la penúltima, Go fishing, toca irse de pesca vespertina. Este disco (insisto) no se aleja del tema principal nunca y, para que funcione la historia, basta con tener claro un espacio y un tiempo y alguien que busque algo. Como en la literatura, vaya. Aquí aparece ahora un pescador (la profesión más común por esas tierras), pero que no tendrá mucha suerte: el anzuelo se enredará con las algas, el camino de vuelta se complicará por las rocas resbaladizas y, a mitad de la trama (el famoso punto de inflexión), uno se dará cuenta de la propuesta palindrómica del feroés: I saw a dead bird, In a creek, in a creek, I saw a dead bird… Encontró algo, sí, aunque no fue lo que buscaba: un pájaro muerto en un riachuelo.Y se repetirán los versos hasta llegar al principio, pero con una melodía nueva. Chapó. 

Y así llegamos al final de esta genialidad con Walking Up the Hill. Entre musgos, frutas salvajes y los bosques de su infancia, Teitur retoma los elementos de esta fábula musical en un sueño que dura casi siete minutos. ¿Y por qué no? A través de una atmósfera onírica (acuática y, hasta si se quiere, cuántica), tenemos el último desafío: un inquietante juego de voces infantiles que nos habla de un cuervo que habita por allí, un tipo misterioso que lo alimenta con unas bayas (que quizá seas tú) y el pájaro muerto de antes, que ya sabemos que es un zorzal. Las voces élficas que cantan juntas en primera de singular, se acercan y alejan, y repiten en bucle (y a capela) el origen de este discorrelato. Toca mezclar la mitología grecolatina con la vikinga y dar de beber a un cuervo fundacional en una montaña nórdica, porque I showed them where to drink from the stream on the hill. El cuervo sediento extiende sus alas y suena feliz. Y los instrumentos se callan: en el último minuto del disco ya solo escuchas la corriente del río, los pájaros ficticios (o no) que te revolotean por la cabeza y unas pisadas que chapotean el agua y se alejan. O se acercan, según.
Es momento de despertar, porque este cuento musical está llegando a su fin, aunque uno ya sabe que el final de una historia siempre es el comienzo de otra, ¿no?

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