¿De quién es la culpa?

Sofia Tolstaia. Xordica, 2019. Traducción de Marta Rebón

Ilustración de Sofia Tolstaia y Leo Tolstoi

Sofia Andréievna Behrs era una joven extraordinariamente culta, políglota y apasionada de la literatura, además de una de las pioneras de la fotografía en Rusia. A los dieciocho años se casó con un aristócrata que casi le doblaba la edad, amigo de la familia desde su infancia, y al que ella profesaba una enorme admiración por sus grandes dotes como escritor. Ese ilustre personaje era León Tolstói, y ella cambió su nombre por Sofia Tolstaia.

Tras la boda, pasó a vivir confinada en Yásnaia Poliana, la hacienda rural de Tolstói (que conocemos gracias a las fotografías y filmaciones de Sofia), y tuvo que aparcar en gran medida sus inquietudes culturales. Dar a luz y criar a trece hijos es un trabajo a tiempo completo, y el hecho de que el padre de los mismos fuese uno de los mayores escritores de todos los tiempos (que no permitía en casa niñeras ni nodrizas), no le comportó demasiada ayuda. Además, para que éste pudiera desarrollar su labor sin distracciones, Sofia también se hizo cargo de la hacienda, de las finanzas familiares, y, en definitiva, de situarlo rodeado de las condiciones ideales para la creación literaria. Hasta aquí, lo podemos entender, ¿no? Transcurría el final del siglo XIX, y escribir inmensas obras maestras como Guerra y Paz o Anna Karenina, debió requerir grandes dosis de tiempo y dedicación.

Sin embargo, además de estas cuestiones meramente prácticas, Sofia fue de gran ayuda real en la escritura de Tolstói: transcribió todas sus obras, traduciendo algunas a otros idiomas; las leía, revisaba y aportaba sugerencias, las editaba y gestionaba los derechos de autor. Es más que probable, al fin y al cabo, que ella escribiese las más de mil páginas de las antes mencionadas novelas más veces que el propio León (copió Guerra y Paz hasta siete veces). Romain Rolland, biógrafo de Tolstói (Vida de Tolstói, Acantilado, 2016), sostiene que en el tratamiento de los personajes femeninos de sus obras, centrales en algunos casos, hay matices que no se encuentran en las previas a su matrimonio con Sofia; e intuye que la visión y consejos de ésta pudieron ser cruciales para ello.

Pero esta entregada esposa vio su paciencia puesta a prueba en muchas ocasiones. Después de un compromiso que duró exactamente una semana, León, en un ataque de sinceridad (y de culpabilidad, seguramente), la obligó a leer sus diarios justo antes de la boda. Sofia era una joven pura e inocente, educada en los cánones de la época, y lo que encontró la horrorizó: infinidad de relaciones sexuales con mujeres, una gonorrea contagiada por una prostituta y un hijo de una campesina que trabajaba en la hacienda. Pero ya no podía dar marcha atrás, y tuvo que casarse con un hombre que no era quien ella había creído. Él se libró de la culpa, tranquilizada su conciencia; y ella ganó, sin opción de elegir, un malestar que ya nunca la abandonaría.

Con el paso del tiempo, Tolstói atravesó una crisis existencial (narrada en su Confesión, Acantilado, 2008), de la cual emergió convertido en un férreo moralista, dispuesto a basar su vida en las enseñanzas que extraía de los Evangelios, y despreciando a quienes no compartiesen esta visión. Es esta la chispa que comienza a prender la mecha del hartazgo de Sofia (el bidón probablemente llevaba tiempo lleno). En 1889, León publica Sonata a Kreutzer, una novela corta en la que, bajo la narración de un hombre que ha asesinado a su mujer por celos, vierte una serie de críticas incendiarias sobre la institución del matrimonio, el papel de la mujer en la sociedad, y la debilidad e incapacidad de los hombres para el amor. Para evitar malentendidos (que nadie piense, por favor, que matar a la mujer de uno está justificado — a pesar de que en la historia, el asesino es absuelto porque la acusación de adulterio lo disculpa), adjunta una aclaración final, en la que indica que la única salvación del ser humano estriba en la absoluta privación del amor carnal, incluso dentro del propio matrimonio. 

Es probable que Sofia, al leer (y transcribir) esto, sintiera como mínimo cierta quemazón en el estómago. Ver cómo, mientras ella engendraba —insisto— trece hijos, su marido le gritaba a los hombres que no mantuvieran relaciones con sus esposas para no ser un completo fracaso espiritual, quizá fue demasiado. A pesar de todo, ella misma consiguió convencer al zar para que levantase la censura que había impuesto sobre el libro, pensando que así el público la desvincularía de la vanidosa y egoísta mujer retratada en la obra. Y por supuesto, esto no benefició a nadie más que al propio escritor, ya que debido a la prohibición, la novela llegó a estar cotizadísima.

Así las cosas, la mejor forma que encontró de desahogarse fue escribir ¿De quién es la culpa?, donde relata su propia versión de la historia. Disfrazada de ficción, es en realidad una narración autobiográfica, en la que expresa todas sus frustraciones acerca del amor, la familia y su matrimonio con el genio de la literatura; con un dramático guiño final a la obra previa de su marido. No en vano, el subtítulo fue “A propósito de Sonata a Kreutzer de León Tolstói”.

Hacia el final de su vida, el escritor llevó hasta las últimas consecuencias sus ideales de austeridad, tratando de renunciar a la hacienda familiar y los derechos de autor sobre sus obras, a lo que Sofia se opuso. Así, un anciano y enfermo Tolstói abandonó la finca para morir en la estación ferroviaria de Astápovo, rodeado de sus discípulos, que no dejaron que Sofia lo visitara hasta momentos antes del fallecimiento. Durante los nueve años de vida que a ella le restaban, solo pudo observar desde Yásnaia Poliana cómo este grupo de adeptos asumía la edición de sus obras, y divulgaba un relato sesgado de la vida de Tolstói, en el que Sofia únicamente fue una mala influencia que le impidió llevar a cabo sus puros ideales espirituales. Un resultado de lo más gratificante después de toda una vida de entrega.

¿De quién es la culpa? no se publicó en Rusia hasta 1994. En España lo edita Xordica en 2019, con un estupendo epílogo de Marta Rebón (quien también se encarga de la traducción) y Ferrán Mateo.

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