El futuro. Qué cosa, eh. Ya. El Futuro. Con mayúsculas mejor. Todos mayúsculas. EL FUTURO. Desde hace unos años, tal vez desde el postmodernismo iniciado en los 60 y el concepto de arte contemporáneo, que casi todo el mundo data sobre 1989, la caída del muro, la cultura de masas, la explosión de las telecomunicaciones, bueno, todo esto que viene siendo nuestra realidad estética y cultural, ha resultado ser un “refrito bonito”. Vamos a pensarlo un poco. Es cierto que desde que el mundo es mundo la cultura es, al fin y al cabo, una piedra más sobre el muro, coger todo lo que sabemos, todo lo aprendido, todos los adelantos tecnológicos, técnicos y emocionales, y apretarlos fuerte en una pelotita de plastilina, y tu ponerle un poquito más de tu cosecha a la bola. Eso es la cultura. Bueno, es una metáfora bastante horrenda sobre la cultura, pero creo que se entiende. Intentaré centrarme en la música, aunque haga referencias a otras cosas por no volvernos muy locos.

Después de siglos de ponerle a esa pelotita que es la cultura, a ese ovillo gigante de lana, una hebra nueva de nuestra propia invención, porque queríamos llegar al FUTUROOOO, y queríamos hacer algo descaradamente nuevo, desde el cacareado posmodernismo y la era contemporánea, parecemos haber asumido sin cargo de conciencia que no tenemos ningún nuevo mimbre nuevo con el que jugar. Me explico. En la era de mayor avance tecnológico y de mayores cambios y revoluciones en nuestra forma de comunicarnos y de “estar” en el mundo, aún seguimos buscando la nueva arte plástica, los nuevos sonidos, o la nueva manera de rodar una película. Han cambiado las técnicas, es cierto, pero básicamente una película o serie es en esencia y estructura lo mismo que era en 1940, una canción es una canción desde principios del siglo XX, y a ya de la novela o el teatro, pues imagínate y saca cuentas. ¿A dónde quieres llegar aaron? Voy. Quiero decir que por más que la tecnología hay avanzado, nosotros como creadores aún no hemos sido capaces de cogerle el pulso. Necesitamos nuevos conceptos, nuevas maneras de crear. Desde cero. No necesitamos nuevas canciones, necesitamos cosas que no sean canciones. No necesitamos películas, necesitamos cosas que ya no sean películas. Y así. Claro, decirlo es muy fácil. Hacerlo es otra historia.

En este aspecto casi siempre las artes plásticas nos sacan una cabeza al resto, tal vez su propia materia es más maleable y adaptable a las nuevas tecnologías y por eso es más sencillo entrar en realidades virtuales, realidades aumentadas, filtros, creaciones que nos caben en un dispositivo móvil y que nos hacen pensar en nuevas personas diseñando nuevas imágenes de una manera más inmersiva, más atractiva, más explosiva, no sé, tal vez no estemos tan lejos de encontrar una camino realmente nuevo en cuanto a lo plástico.

La literatura en cambio, como el cine, terriblemente atados al concepto de narración, lo van a pasar peor. La mayor novedad en cuanto al noble arte de escribir es casi el audiolibro (mira eso, son fuegos artificiales, en fin) y que me perdonen los que hacen audiolibros, por ahí no vamos a ningún lado. A ningún lado nuevo. El cine, masacrado en la creatividad por la avalancha Netflix y su modo de consumo (léase a Byung Chun Hal y sus teorías sobre el  atracón de series/ binge watching) se ha convertido en una batamanta calentita y fácil con la que te tapas a pasar tus horas de resaca/confinamiento, una pared en la que ver caer una cascada de agua tibia y tediosa frente a la que te da igual dormirte y despertarte en cualquier momento de la proyección. Así el cine y las series son lo que ocurre mientras tú echas la siesta. En fin, más allá del uso que le damos a la cultura, que es muy importante, yo quería hablar de cómo nos enfrentamos a ella y con qué.

Aceptando que escribimos casi como hace cien años, con las mismas palabras y eso, y que hacemos cine con los mismos tipos de plano y narrativas desde el blanco y negro, vayamos a la música. Ya hemos dicho que las artes plásticas son las únicas más adaptadas a las redes y la nueva realidad, si bien no sabemos hacia donde caminan del todo.

¿Y qué le pasa a la música? Pues que hay que bucear mucho, mucho mucho mucho mucho, para encontrar un sonido, una estructura o una intención que no hayamos visto mil veces o que sea un poquito sorprendente. Esto no es culpa de nadie, y sí. No es culpa de nadie porque estamos imbuidos en unas generaciones, no son pocas ya, que han creado mirando al pasado, ¿os acordáis de la metáfora de la plastilina?, bueno, pues todas estas generaciones últimas han/hemos cogido plastilina, no de fuera, no del futuro y la imaginación y la tecnología, sino de la propia pelota de plastilina. Hemos ido, hemos cogido unos puñados de lo que ya había, lo hemos manoseado y lo hemos vuelto a meter. Y lo hemos llamado “Nostalgia”.

No hay nada en el arte más peligroso que la nostalgia, la nostalgia nos hace indolentes, nos amansa, nos envejece. Vivir en la nostalgia es hacerse viejo de manera prematura. No viejo sabio, sino viejo moribundo mal. Viejo cansado, viejo cascarrabias “con lo que molaba lo que me gustaba a mí cuando era pequeño”. Y lejos de parecer un discurso feo y poco apetecible, las nuevas generaciones han/hemos agarrado la idea con fruición y alabamos el FutureNostalgia de Dua Lipa, el ochenterismo hard-rock de Miley Cirus (se ha llevado hasta a Billy Idol a colaborar) o los pelotazos synth de The Weeknd. Y nos hemos quedado tan tranquilos. Discazos todo. Sí. Temazos. Por doquier. Novedad. Perdona pero no, ni novedad ni futuro ni nada que se le parezca. Corremos el riesgo en lo musical de Netflixficarnos, de convertirnos en más de la misma pelota de plastilina sobada y que empieza a coger moho si no le metes sabia nueva.

Voy terminando que siempre me lío. ¿Y qué es la sabia nueva? Y YO QUÉ COÑO SÉ.

Tengo algunas ideas, tal vez peregrinas, tal vez perentorias.

Aunque nos encante todo lo que es el nuevo flamenco y España esté invadida por la tradición, (vete a ver “La Mar de Músicas” de este año y me cuentas), y aunque en muchos casos esa tradición esté revestida de electrónica, eso no es exactamente algo novedoso. Es juntar dos nostalgias, la electrónica y el flamenco, es como aquel día que Björk y Raimundo Amador se juntaron a cantar. El cambio del que hablo debería ser algo más de base. Desde el mismo tipo de composición, deberíamos repensar no solo los sonidos y producciones, que es lo que hemos hecho en las últimas décadas. Debemos repensar LA CANCIÓN como formato. Debemos buscar algo que nos cambie la forma de componer, de estructurar, de crear las melodías, de buscar estrofas puentes y estribillos, debemos dejar de insistir, y pensar en algo nuevo.

Esto es un grito al aire sin conclusión. Ya está. Para despedir, solo quería decir que, aunque suene apocalíptico, la IDM ha abierto algunas puertas rítmicas interesantes, y ciertos sonidos y texturas como las que usa Arca han traído también algo de viento fresco (esto podría ser un chiste si pensamos que produjo el disco de flautas de Björk) y que en algún sitio de alguna ciudad alguien está haciendo esto que digo, iniciando una bonita revolución fuera de la bola de plastilina que nos hará viejos, pero de verdad, no falsos viejos nostálgicos, y que yo estaré entonces muy contento de escucharlo y recibirlo, y que ojalá que no tarde, porque a veces, no se lo digáis a nadie, me aburro un poco.

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