El Videoclub De La Lucha (1/2)

Lo tengo que reconocer, yo también creí (como mucha gente antes que yo) que el camino hacia la autorrealización, la senda que me podía llevar a cumplir todos mis sueños, comenzaba currando en un videoclub. Los precedentes de Tarantino y Kevin Smith estaban ahí. Yo quería formar parte de ese exclusivo club de cineastas que antes de contar sus historias, habían trabajado alquilando las de otros a terceros.

Así que un buen día apareció de repente, como si fuera la virgen en una tostada. Casi me parece recordar como el texto del anuncio se materializó ante mis ojos. Como un milagro navideño en pleno junio, nada más acabar el instituto.

“SE BUSCA DEPENDIENTE PARA VIDEOCLUB”

Ésa era la frase que saltó a mi encuentro desde las páginas de aquel periódico. Era clara, directa, y contenía la fuerza motivadora en forma de palabra que yo necesitaba:

“DEPENDIENTE”

Mi vida como cineasta “dependía” de aquel puesto de trabajo. Así que llamé al número que acompañaba al anuncio y concerté una fecha para poder entrevistarme con sus majestades los reyes magos del cine doméstico, los mensajes de copyright y las cuñas de publicidad antipiratería y antidroga.

Llegué casi una hora antes a mi entrevista y fui recibido por el encargado. Un risueño hombre de mediana edad que me recordaba mucho al actor John Rhys-Davies.

Nunca he tenido tanta seguridad en una entrevista de trabajo. Ponerme tras ese mostrador era mi billete dorado, mi boleto premiado. Yo ya me veía viviendo jocosas aventuras como en “Clerks”, en blanco y negro y todo. No tardé en sellar un acuerdo con un apretón de manos y una sonrisa. El trabajo era mío. El encargado, al que llamaré a partir de ahora Mr. Rhys, me dijo:

  • Mañana empiezas hijo. Harás el turno de tarde que comienza a las 16:00h, pero vente una horilla antes y así tu compañera de la mañana y yo te informaremos de todo lo que necesitas saber para hacer bien tu trabajo. No te preocupes por tu contrato, mañana mismo cierro unos asuntos con el gestor y en unos pocos días lo estarás firmando. Ya sabes cómo son estas cosas de la burocracia y el papeleo. Bienvenido a la familia.

Los dos primeros días me sirvieron para poner los pies en la tierra. No es que el trabajo me pillase de improviso. Sabía bien que los videoclubs (yo mismo era socio de varios) hacía años que habían dejado de ser esos sitios donde alquilabas un VHS (o varios) y tenias que devolverlo el día estipulado y correctamente rebobinado (salvo que fueses una sucia rata de cloaca que no fuera lo suficientemente digno de portar en su bolsillo la tarjeta de socio, y te tomases a la ligera estas dos sencillas normas).

Ahora el negocio había crecido, ya no alquilábamos VHS, nos habíamos pasado al innovador DVD. También alquilábamos Videojuegos (A los menores de edad con un documento de autorización firmado por los progenitores o tutores legales), nos encargábamos del revelado (analógico) de fotografías y vendíamos todo tipo de chucherías, snacks y helados para poder disfrutar delante de la pantalla.

Pero no era esta actualización y revisión de tareas lo que me hizo bajar un poco de las nubes, sino la parte tradicional del trabajo. Yo pensaba que me pasaría el día hablando de cine con cinéfagos como yo. Resolviendo dudas, recomendando películas, haciendo soliloquios sobre los registros interpretativos de Nicolas Cage, o recitando todos los diálogos de “Cazafantasmas” de memoria. Pero esto no pasaba. A veces sí, ¿eh? No os penséis. El trabajo tenía ese tipo de momentos, pero no se basaba exclusivamente en ellos. Estos momentos eran más bien un cameo tramposo, un poco como la interpretación de Steven Seagal en “Decisión Crítica” o Drew Barrymore en “Scream”, que salían en el poster pero luego… ya sabéis.

Aun así no podía dejar que esa bofetada de realidad laboral me restase entusiasmo y me alejase de mi objetivo vital:

Crear el prologo de mi carrera cinematográfica, con un puñado de edificantes anécdotas que contar de cuando “Curré en un videoclub”.

También encontré tareas que no esperaba para nada realizar, que resultaron de lo más satisfactorias y divertidas. Como por ejemplo: llamar por teléfono a los clientes que tenían retrasos de varios días en sus devoluciones de cine porno.   

Esos momentos de:

  • Hola buenas, le llamo del videoclub. Verá, es que tiene una película en su casa que hace tres días que debería haber devuelto.
  • ¿Cómo dice? ¿Una película? ¡Uy! es que de eso se encarga mi hijo. Luego se lo diré ¿Qué película es?

Y aquí es donde venía la tontería, en la reacción del cliente cuando escuchaba el título. Cuanto más genitalmente elocuente, o más ingeniosamente erótico festivo, mayor era el disfrute. En fin. Gilipolleces de juventud.  

Si habéis llegado hasta aquí, os estaréis preguntando:

¿Por qué habrá titulado a esta turra “El videoclub de la lucha”?

¿Vamos a tener acción o sólo el bla bla bla presuntamente autobiográfico de siempre?

Ya va, ya va. Sólo quería situaros, daros un poco de contexto.  Ahora ya estáis preparados para lo que ocurrió el tercer día.

Mi jornada había empezado a las 16:00h. Yo siempre entraba un poco antes para poder cambiar impresiones con Elsa, mi compañera de la mañana, que me ponía un poco al día antes de irse.

La tarde había pasado sin pena ni gloria. Lo más destacado había sido el ataque de furia inusitada  que tuvo un cliente al intuir que el laboratorio había perdido las fotos de sus vacaciones en Roma (Imaginaos cuando días más tarde se confirmaron todas sus sospechas… pero eso es otra historia que ahora no viene al caso)

Pasaban unos minutos de las 0:00h de la noche, no había ningún cliente dentro del local. De repente entraron cinco chavales de mi edad armando un poco de gresca, haciéndose notar, hablando varios decibelios por encima de sus posibilidades. Ese tipo de actitud que hubiera incomodado a una persona mayor. Pero yo era de su misma generación, así que la actitud que demostraron me dejó más bien indiferente.

Pero la indiferencia acabó cuando uno de ellos vino directamente al mostrador, me miró a los ojos durante unos segundos absurdamente largos,  y finalmente me dijo:

  • Hola… Me llamo Ramón ¿Tu eres?
  • Luma – dije yo –
  • ¿Luna?
  • No. Luma
  • ¿Vaya nombre no?
  • Supongo
  • Ya… Bueno. ¿Eres nuevo? No te tenía fichado yo
  • Es mi tercer día
  • Tu tercer día ¿eh?
  • Si. Mi tercer día
  • Pues bienvenido al barrio. Oye estoy por aquí con mis colegas echando un vistazo ¿eh?
  • Claro. Sin problemas. Cualquier cosa me decís.
  • No te preocupes. Conocemos bien el sitio, somos como de la casa ¿Vale?
  • Claro.
  • Recuérdalo ¿eh?
  • ¿El qué?
  • Como de la casa…

Y Ramón se alejó del mostrador, sonriendo mientras me guiñaba un ojo.

CONTINUARÁ…

Epílogo del primer acto:

BIENVENIDOS AL VIDEOCLUB DE LA LUCHA.

LA PRIMERA REGLA DEL VIDEOCLUB ES:

NO HABLAR DEL VIDEOCLUB DE LA LUCHA

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