Pido no. No pronunciarme ante la lluvia. Ni tristeza ni melancolía. Ni siquiera una reflexión adecuada sobre el medioambiente. No quiero ser razonable ni histérico. No quiero una respuesta porque jamás me atrevería a hacer una pregunta. Pido el indulto en la plaza, agónico, en el centro, después de una actuación solo decente. Me postro en el vértice y me encojo entre la multitud. Carente de bagaje y destino.

Pido no al iva, a la renta, a las trasmisiones patrimoniales. Espero que se respete mi derecho a acurrucarme y dejar que me envuelva la vida como un gusano de seda. Traedme hojas de morera a la caja, soy un bicho de espera. Alimentadme de tiempo. Dejadme en paz con mis recuerdos y anhelos como pequeñas crisálidas al fondo.

Pido no a las decisiones. No a las compuertas. No al empaque y sí al derrumbe. No a la ruina. Caminar por las calles con la permanencia de un marcapáginas. Entrar en comercios de barrio y anidar en la esquina como un hombre araña sin poder alguno. Pido no a la oferta y la demanda, no a los márgenes. Hemos venido al mundo como el hielo llega a un negrita cola. Hemos mostrado la pureza del frío, nos hemos rebozado en las olas del tiempo y ese mismo tiempo nos deshace en dios sabe qué boca.

Pido no a la música. No a la vorágine del descubrimiento semanal. No a lo nuevo, no a lo viejo. Quiero acordes de paso, me entrego a las canciones que no recuerdo. La casa está en silencio, el ruido va por dentro. El viento se ovilla en una terraza del edificio de enfrente. Una bicicleta estática. Dos jaulas sin su pájaro. Intuyo ausencia de alpiste. La ropa limpia cada dos días. La ropa sucia cada dos días. La cadencia de corcheas sobre sus losas de terrazo.

Pido no a la guerra. No a la palabra, los discursos. No a las noticias arañando el medio día y vaciando de sentido mis problemas. Que ni siquiera son problemas. Me imagino a toda esa gente en la cumbre del conflicto. Despidiéndose, defendiéndose, haciendo balance por hacer algo. Todo ese dolor que ya habíamos guardado en el cajón de los videojuegos y los bisabuelos. Todo ese miedo en las manos de corresponsales que esperan su turno después de los anuncios.

La vida es esto. La muerte es esto. Yo pido no.

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