El Videoclub De La Lucha (2/2)

Mientras Ramón y sus colegas pululaban por el videoclub, yo fingía estar sumido en mis tareas. Con un ojo miraba una a una las películas devueltas y las amontonaba aleatoriamente con expresión de seguir un orden en mis movimientos, con el otro vigilaba lo que hacían. Como ya he dicho, eran cinco, y parecían tener una coreografía muy estudiada. Era difícil seguir lo que hacían todos a la vez y además disimular, por lo que mi mirada no tardó en encontrarse con la de Ramón, que al parecer llevaba clavada en mí más rato del necesario, percatándose de mis absurdos intentos por tenerlo todo bajo control.

Ahí estaba él, mirándome fijamente. Me hizo un gesto con la cabeza en señal de saludo mientras sonreía. Yo se lo devolví, aunque mi sonrisa resultó tan forzada, que me obligó a bajar la mirada avergonzado.

Escuchaba las risas de dos de ellos desde el interior de la zona del porno (zona que estaba separada del resto por unas puertas tipo saloon de western). Ramón estaba mirando la contraportada de “Waterworld” con cierto interés, mientras los otros dos se movían en la zona de los snacks, cogiendo varios helados Haagen-Dazs, refrescos y paquetes de ganchitos.

Le estaba cogiendo el truco a la vigilancia multi ángulo cuando, poco a poco, se fueron reuniendo en el centro del videoclub a unos metros del mostrador. Lejos de acercarse a pagar, fueron todos hacia la salida tranquilamente con las manos llenas. Uno tras otro salían por la puerta que Ramón mantenía abierta en un gesto cortés. 

Antes de salir, habiendo quedado claro que era el líder, se dirigió a mí diciéndome:

  • Buenas noches Luma… nos vemos.

Yo no contesté.

Me quedé en silencio varios minutos después de que se hubieran marchado. Repasando en mi cabeza escenarios en los que todo terminaba de forma distinta. En todos, yo era el abnegado dependiente de un videoclub, conocedor de varias clases de artes marciales, y ellos los villanos que sucumbían ante mi destreza repartiendo estopa. También en todos ellos, puñetazo tras puñetazo, patada tras patada, iba disparando por mi boca las frases más ingeniosas y lapidarias que puedas imaginar, frases que harían que John McClane me invitase a su casa a cenar en Acción de Gracias.

Pero el caso es que no hice nada. Sólo me quedé ahí parado con los puños bien cerrados y la rabia insolente de mi juventud, dándome palmaditas en la espalda mientras me decía a mi mismo que cualquier esfuerzo hubiese sido en vano, que eran cinco contra uno (expresión onanista old school donde las haya)y que lo más inteligente había sido mantenerme al margen. Que los cementerios están llenos de valientes y bla bla bla…

Pero esa sensación parecida a la que Marty McFly tenía cuando le llamaban “gallina” no me la podía quitar de la cabeza.

En fin, ya estaba. Esa noche haría caja, limpiaría un poco y cerraría la persiana. Luego me iría a la tranquilidad de mi hogar, a meterme en la cama y dormir. Mañana sería otro día. Teniendo en cuenta lo poco que pasaba por allí Mr. Rhys (y por lo tanto ese contrato que me había prometido) seguramente el hurto de víveres pasaría desapercibido y yo tendría una experiencia más, metida en algún compartimento de la cabeza.

Todo bien, todo fetén.

El día siguiente pasó sin consecuencias. Lo más reseñable fue cuando a Elsa se le cayeron unas esposas del bolso, mientras recogía antes de irse. 

No paraba de justificar el suceso explicándome tímidamente que ella y su pareja estaban empezando a experimentar con distintos juegos de rol eróticos y comenzando de puntillas en el mundo del BDSM. Yo como comprenderás, no necesitaba ninguna explicación sobre el porqué alguien estima oportuno llevar unas esposas en el bolso. Y además nada de lo que pudiera decirme me iba a escandalizar. Ya estábamos en el siglo XXI, éramos jóvenes, y además soy Piscis. No verás tú a una persona Piscis escandalizada. Pero escuché atentamente su discurso, porque soy un tipo educado y porque su tímido nerviosismo me resultaba de lo más tierno.

Pasaban de las 0:00h cuando mi sentido arácnido se puso a zumbar. Ramón y sus muchachos se encontraban fuera, podía verlos a través de la puerta de cristal, fumando y charlando tranquilamente.

Yo notaba la adrenalina correr por todo mi cuerpo. Allí estaban otra vez, pero yo no era el mismo que la noche anterior. Ya sabía lo que iba a pasar, no me valía decir “Me pilló de improviso y no supe reaccionar”.

Había muchas cosas que se podían hacer. Llamar a la policía, la más lógica e inteligente quizás. Dejar que hicieran lo que habían venido a hacer tampoco era descabellado. Mr. Rhys estaba resultando ser un tipo de lo más escurridizo para poner en orden mi condición laboral, el sueldo no daba como para arriesgarse a que a uno le dieran una paliza. Y además, yo sólo estaba ahí para sacarme un dinerillo y poder recordar que había trabajado en un videoclub cuando me entrevistase Buenafuente… sólo eso.

Pero cuando eres un adolescente con las hormonas revolucionadas y el ego herido puedes hacer muchas cosas absurdas y yo estaba a punto de meter la cabeza en un cubo lleno de mierda.

Entró Ramón el primero, saludando amablemente con esos enervantes modales impostados para parecer algo más que un gilipollas que lidera una banda de ladrones de refrescos.

Llegados a este punto, los otros cuatro me parecían figurantes. No sabía sus nombres, no recuerdo sus caras y me importaban muy poco sus circunstancias.

Pero Ramón sólo me había visto 30 minutos en su vida y el muy cabrón ya me tenía cogida la medida.

Esa noche todo eso iba a llegar a su fin.

Cuando ya se encontraban todos deambulando de nuevo por el local, observé que Ramón volvía a estar leyendo la contraportada de “Waterworld”

Yo siempre he pensado que esa peli está infravalorada. Que para hacer una especie de exploitation mega caro de Mad Max, con un tono más húmedo y familiar, había que tener agallas (jajajajaja… perdón)

Me extrañaba esa fijación dos noches seguidas por las aventuras de Mariner, Helen y Enola. Ésa era su torre de vigilancia. Desde ahí me controlaba a mí, igual que yo lo controlaba a él desde el mostrador.

Salí de mi refugio y me acerqué a él. Seguía mirando la peli, pero se notaba en su postura que estaba al tanto de mi aproximación.

  • Ramón  – dije yo –

Él dejó la película y se dio la vuelta.

  • ¿Qué quieres tío?
  • Quiero que os vayáis de aquí ahora mismo.
  • ¿Por? No estamos haciendo nada, y sé que aún queda un rato para que cierres. Recuerda que somos de la casa. 
  • Yo no sé a qué estáis acostumbrados pero eso se tiene que acabar. No podéis entrar aquí y hacer lo que os salga de los cojones.
  • ¿Esto es cosa tuya? Porque de tu jefe seguro que no. Sabe perfectamente lo que hacemos y nunca hemos tenido ningún problema. Él sabe que venimos aquí, hacemos lo nuestro y de paso impedimos que pasen otro tipo de cosas. Este es un barrio complicado y hay peces más grandes y peces más pequeños.

Llegados a este punto los cuatro figurantes ya nos estaban rodeando.

  • Joder tío. Que son unos helados. Te hacía más inteligente. Vete a tu mostrador y déjanos en paz.

La verdad es que no sabía qué más decir. Así que lo cogí de la chaqueta y empecé a arrástralo hacía la puerta pero antes de que se desplazase un sólo centímetro me pegó un puñetazo en la sien que me dejó bastante aturdido.

Yo contraataqué rápido y le pegué otro puñetazo en el estómago pillándole desprevenido y pude conectarle un torpe (pero demoledor) golpe en la cara que le hizo caer de culo.

Vi como uno de los “minions” corría hacia la puerta, echaba el cerrojo y ponía el cartel de cerrado. Sin levantarse del suelo Ramón me cogió de las piernas y me tiró al suelo.

Haciendo un gesto a los demás para que nos dejasen en paz se puso sobre mí y antes de que me diera cuenta ya me había soltado dos sopapos en la cara que me estaban amargando la vida. Yo ya no sabía muy bien qué estaba pasando y sólo intentaba esquivar los golpes y cogerle los puños para evitar que me dejase la cara hecha un mapa. Notaba el labio entumecido y el sabor a hierro de la sangre en mi boca. A Ramón también le sangraba la nariz. Dejó de pegarme. Me tenía inmovilizado en el suelo y me gritaba:

  • ¿Estás loco tío? ¿Crees que vas a heredar el jodido videoclub? ¿Por qué no lo dejas estar, eh? ¿Quién te crees que eres?
  • ¡Cada mierda que te llevas el jefe nos la descuenta del sueldo, gilipollas! – grité – 

De repente la expresión de Ramón cambió.

  • ¿Cómo?
  • ¡Que nos lo descuenta del sueldo!

Ramón se levantó dejándome respirar, estaba atónito mientras se limpiaba la sangre de la nariz.

Yo me levanté con una cara que había vivido mejores tiempos. Lo que acababa de decir era lo único que se me había ocurrido. Era totalmente falso. De hecho, aún no llevaba ni un mes, así que no sólo era falso, si no que no tenía sentido alguno. Pero Ramón se lo había tragado de lleno, y, lo más sorprendente, parecía haberle afectado.

  • Oye tío, yo no sabía nada de eso – me dijo.
  • Pues ya lo sabes.
  • Vale, de acuerdo, por ahí no paso. Así todo esto pierde la gracia. No llevo la vida que llevo para que “pringaos” como tú vivan peor. Se acabó, hay más sitios por el barrio y alrededores. Podemos prescindir de ganchitos, helados y refrescos. No volveremos por aquí, tienes mi palabra. Menudo cabrón tu jefe. Nunca me ha gustado, por eso venimos aquí entre otras cosas. Pero descontarte lo que nos llevamos me parece increíble.

Yo a esas alturas de la noche no entendía ya nada. No me esperaba ese giro de los acontecimientos.

Ramón me sonrió y me dijo:

  • Vaya ostias te he dado ¿eh? Lo tuyo ha sido suerte, que lo sepas.

Sonreí también

  • Lo sé
  • La próxima vez piénsalo mejor hombre, no vayas así a lo loco -dijo Ramón.
  • Creo que no habrá próxima vez
  • No digas eso, la vida es muy larga y da muchas vueltas… nos vamos.

Hizo un gesto a los minions que salieron por la puerta sin decir palabra como siempre. Cuando Ramón estaba a punto de abandonar el videoclub le dije:

  • Oye tío, un momento
  • ¿Qué?
  • ¿Qué hay de aquello de los peces grandes? ¿Ahora que vosotros no vais a volver por aquí me tengo que preocupar?
  • No lo creo.
  • ¿Cómo estás tan seguro?
  • Porque estás hablando con el pez más grande, capullo. Hay que ver. Te lo tragas todo, macho ¿Qué te crees que es esto? ¿Detroit? Que robábamos bolsas de Fritos, joder. “Peces grandes” dice… has visto demasiadas películas “pringao”.

Y salió del videoclub mientras se reía de mí, y yo, aunque me sentía estúpido, no pude evitar sonreír mientras los veía alejarse.

EPÍLOGO I

Dos meses después, dimití y Mr. Rhys nunca me hizo firmar ningún contrato. Pero la última noche antes de irme, vino y me dijo que no me iba a pagar si no limpiaba una a una todas las películas del videoclub. No quería problemas, sólo quería salir de allí con el dinero. Así que lo hice, las limpié todas, cobré y me largué de allí. Antes de irme me dijo que hacía sus pinitos como actor, y que si algún día hacía una película, contase con él…

Espera sentado, amigo.

EPÍLOGO II

Hace unos días me encontré con Ramón por la calle. Nos reconocimos al instante. Rememoramos ese día entre risas. Había dejado mucho tiempo atrás el tipo de vida disoluta que llevaba cuando nos conocimos. Ahora tenía una familia, una hipoteca y un trabajo. Me recordó cómo me había engañado con lo de los peces grandes. Yo le confesé que mentí cuando dije que me descontaban sus hurtos del sueldo. Hablamos de “Waterworld” (al final era una de sus pelis favoritas, hay que joderse) y de la suerte que había tenido cuando conecté aquel gancho en su cara. Hablamos hasta de mi compañera Elsa y también de sus secuaces sin nombre. Le dije que escribía en una web llamada Bunkerhill y que contar nuestra historia común podía ser una buena idea y esto es lo que me dijo:

  • No sé a quién podría interesar aquello, pero tú mismo. No creo que incumplas ninguna regla por eso. Fueron un par de ostias, tampoco fue aquello el club de la lucha. En todo caso sería “El videoclub de la lucha”. Ya tienes título, capullo. Eso sí, ponme otro nombre ¿vale? Yo que sé… Ramón, ponme Ramón. Es un buen nombre para el villano de la historia, mi jefe se llama así. Aunque el auténtico malo de la historia creo que fue el impresentable aquel que regentaba el videoclub. Lo del sueldo no hubiera sido tan descabellado viniendo de él. Vaya fama tenía en el barrio de sinvergüenza. Bueno Luma, cuídate tío. Me alegro de verte.

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