El Garabato

“No le ocurre nada a su televisor, no intente ajustar la imagen. Ahora somos nosotros quienes controlamos la transmisión. Controlamos la horizontalidad y la verticalidad. Podemos abrumarle con miles de canales o hacer que una simple imagen alcance una claridad cristalina, y aún más, podemos hacer que vea cualquier cosa que conciba nuestra imaginación. Durante la próxima hora controlaremos todo lo que vea y oiga. Está usted a punto de experimentar el asombro y el misterio que se extiende desde lo más profundo de la mente hasta… más allá del límite.”

Así es como podríamos empezar una historia como esta. Una historia que aún hoy, más de 30 años después, sigue consiguiendo que se me pongan los pelos como escarpias. La explicación más lógica es que se trata de un sueño, pero las sensaciones fueron tan reales y las consecuencias tan tangibles, que mi mente (que ya de por sí es un refugio seguro para todas las criaturas de fantasía que ríete tú de Bastian) siempre albergará dudas.

Démosle a todo este embrollo un poco de contexto. Todo empieza con un cuadro que pintó mi tío Manolo. El cuadro representaba a dos personas, dos caras para ser exactos, ya que carecían de cuerpo. Cada una miraba en una dirección. Tenían unos rasgos muy parecidos, cara angulosa, labios gruesos, narices contundentes, no podías discernir si eran hombres o mujeres, pues eran totalmente andróginos. Una de las caras carecía completamente de cabello, mientras que la otra tenía una cresta al más puro estilo mohawk. Aunque ninguna de las dos caras flotantes tenía ningún cuerpo visible por debajo del cuello, en una de ellas, se adivinaba una especie de bufanda extraña que caía por encima del hombro con una curiosa forma de ala de murciélago. Para completar la pintura (que era totalmente en blanco y negro) las caras estaban rodeadas de una serie de garabatos aparentemente aleatorios que de alguna forma arropaban a las dos caras y daban cohesión a todo el conjunto.  

El cuadro colgaba frente a mi cama, por lo que era fácil que se convirtiese en la última imagen antes de dormir y la primera al despertar. Con esto no os penséis que el cuadro era terrorífico ni nada de eso, no era un cuadro que invitase a imaginar nada extraño, a mí me gustaba, formaba parte de mi habitación y estaba tan perfectamente integrado en el día a día que no solías reparar en él de forma especial. Siempre había estado allí, así que ningún problema. No pasaba lo mismo con el cuadro del arlequín que tenía mi madre en su dormitorio. Ése sí que daba mal rollo, pero ese es otro tema.

Con esto ya tenéis el contexto necesario para que cada uno se haga una idea mental de cómo debía de ser el cuadro protagonista de la historia, así que vamos allá.

Me desperté un sábado por la mañana, no estaba seguro de qué hora era, pero parecía temprano. Unos tímidos rayos de sol entraban por las rendijas de una persiana que no estaba bajada del todo, iluminando un poco la estancia. Eché un vistazo al despertador y vi que eran las 7:00h de la mañana, demasiado temprano para comenzar el fin de semana, así que me dispuse a cerrar los ojos y dormir al menos un par de horas más. En ese momento mi mirada se cruzó casualmente con el cuadro, noté algo extraño, así que me detuve en la pintura para poder fijarme más en ello. Los garabatos que rodeaban las caras habían formado una figura pequeña de cuerpo entero con una cabeza en forma de cono, y parecía que estaba moviéndose un poco con un serpenteo bastante raro a lo Axl Rose. El miedo se apoderó de mí a velocidad absurda, y en menos de un segundo ya había realizado la maniobra estratégica que todo niño o niña conoce de forma innata:

Taparme completamente con las sábanas anti monstruos, fantasmas, guerras y cualquier cosa dañina o terrorífica.

Pasé unos minutos tratando de calmarme diciéndome que todo había sido fruto de mi imaginación. Así que cuando conseguí mitigar el tembleque de mi cuerpo, asomé la cabeza.

El monigote no sólo no se había ido, sino que se había acercado a otra parte del cuadro donde los garabatos habían formado una especie de manivela. Totalmente estupefacto conseguí vencer momentáneamente el miedo para ver qué pasaba a continuación.

El pequeño ser garabateado comenzó a darle a la manivela, y al hacerlo, las dos caras del cuadro gesticulaban. Era como si hablasen aunque no se escuchaba nada. Conforme los movimientos de la manivela eran más violentos y enérgicos, mas rápido gesticulaban, y cuando la intensidad bajaba, las caras se movían a cámara lenta.

Yo estaba totalmente aterrado, pero por otro lado no quería parar de mirar, tenía que comprender lo que pasaba. Evidentemente no podía ser cierto, tenía que reunir el valor suficiente para salir de la cama y acercarme al cuadro. Estaba seguro de que conforme me acercase, todo volvería a la normalidad. Tenía la certeza de que esa extraña visión desaparecería en cuanto yo estuviera de pie frente al cuadro, por la sencilla razón de que desde la cama, me encontraba en algún estado intermedio entre el sueño y la realidad, que me hacía alucinar de ese modo. Pero si tomaba la decisión voluntaria y consciente de levantarme, simplemente la balanza se inclinaría definitivamente del lado del despertar y todo volvería a la normalidad.

Al ponerme de pie y notar el frío suelo bajo mis pies, la criatura comenzó a mover la manivela aún más deprisa. Tan rápido la movía que los gestos de las dos caras no sólo eran más rápidos, sino que eran más exagerados. Muecas grotescas se sucedían una tras otra sin parar. Entonces comencé a caminar hacía la pintura, y conforme más me acercaba, más claro lo veía todo. La cabeza cónica de la criatura tenía unos manchurrones tipo Rorschach que no paraban de moverse (a lo Watchmen).

No había mucha distancia entre mi cama y el cuadro, así que en cuatro zancadas me planté a pocos centímetros. Todo seguía igual, las caras sin parar de gesticular, con sus mandíbulas desencajadas en una expresión que sugería una llamada de socorro, y la pequeña criatura dándole a la manivela como si no hubiera un mañana.

Aquello era el sinsentido más terrorífico que puedas imaginar.

Totalmente poseído por el miedo, corrí de nuevo al refugio anti aéreo de las sábanas de mi cama. Me tapé totalmente y supliqué (no sé muy bien a qué) que todo aquello parase.

No sé por qué no salí de la habitación. Supongo que es una prueba más de que estaba soñando y yo no tenía para nada el control de la situación.

El caso es que mientras temblaba me quedé dormido.

Horas más tarde me desperté, exactamente igual que me había dormido, agazapado bajo las sábanas. Asomé la cabeza y miré la hora. Eran las 10:00h. Intenté por todos mis medios no cruzar mi mirada con el cuadro hasta que no estuviese de pie y subiese la persiana del todo, dejando que la luz del sol entrase plenamente en la habitación.

En ese momento, con el sol iluminando la estancia y el ruido de la calle haciendo de bálsamo contra el miedo, giré mi cabeza hacía la pintura. Todo estaba en calma, como siempre. Nada se movía, pero al acercarme vi que en los garabatos seguían estando, aunque totalmente estáticos, la criatura cabeza cono y su manivela, como si siempre hubieran sido parte de los garabatos, como si hubieran formado parte del cuadro desde su misma concepción.

Y ahí siguen estando a día de hoy, para recordarme el suceso.

¿Estuvieron siempre ahí?

Si es así: ¿Por qué pasó todo aquello? ¿Para que yo cayese en la cuenta de su presencia?

Puedo creer que fue un sueño (de hecho es lo que creo… aunque sea por darme un poco de paz) pero el monigote y la manivela ahí están, no entiendo el motivo de que un sueño te haga fijarte en algo que no habías visto hasta ese momento.

Lo de no haberse fijado hasta “ahora” es bastante subjetivo, supongo. Es posible que tu “yo” consciente no, pero igual tu inconsciente ya tenía conocimiento de que esos garabatos estaban ahí con esas formas concretas.

A mis 43 años sigo sin entenderlo. Pero el pequeño ser y su manivela del terror siguen viviendo en los garabatos del cuadro, esa es la única realidad. Quién sabe si esperando su turno para volver a “bailar” en el mundo real.

Años después le conté esta historia al autor del cuadro, mi tío Manolo. Le pregunté si pensaba en algo extraño mientras lo pintaba, si algo raro ocurrió.

  • Nada que yo recuerde, pero lo pinté estando muy… muy concentrado – me dijo mientras me guiñaba un ojo-

No me diréis que la intro de “Más allá del límite” no le va como un guante a la historia.

Buenas noches (o días) amigos y amigas del misterio.

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